«Serán una sola carne» y «un sólo espíritu»

Reflexión B sobre: TDC 1 (5.9.1979)

San Juan Pablo II, en la primera de las Catequesis de la TDC, recuerda las palabras de Jesús que indican el «principio» frente a la dureza del corazón de los fariseos.

No sólo indica con aquella palabra la bondad inicial de la creación, sino que orienta la mirada de sus interlocutores hacia la importancia de considerar a los esposos como «una sola carne». Observemos el texto de Génesis 2:

 23 El hombre exclamó:
«¡Esta sí que es hueso de mis huesos
y carne de mi carne!
Se llamará Mujer,
porque ha sido sacada del hombre».
24 Por eso el hombre deja a su padre y a su madre y se une a su mujer, y los dos llegan a ser una sola carne.
25 Los dos, el hombre y la mujer, estaban desnudos, pero no sentían vergüenza.
Estas palabras representan el primer canto de júbilo de la Biblia y se hace contemplando la existencia de la mujer. Para el santo Padre, ya no se trata del hombre sin más, sino del varón y la mujer. Aquel hombre que durmió no es el mismo varón o mujer que despertó, sino que se trata, podemos decir, de una re-creación. El mismo Papa comenta en el primer ciclo de las Catequesis que aquel sueño es «una vuelta al no ser».
La diversidad sexual expresa una complementariedad potencial entre varón y mujer. La creación de la mujer implica la posibilidad de comulgar con ella de una manera que no podía hacer con los animales.
A esto el Concilio Vaticano II llamó «comunión de personas» y le concedió una importancia tal que de no ser por ella el hombre permanecería en la incógnita de su misma identidad (cfr. GS 24).
La «una sola carne» que conforman varón y mujer es, entonces, signo de su comunión, de una unión inseparable porque no se trata sólo de la carne sino también de la unión permanente del Espíritu como escribía Tertuliano y recuerda José Granados en su libro «Una sola carne y un solo espíritu».
Oremos para que el Espíritu nos muestre cada día la importancia de la unión conyugal. Que, como esposos, sepamos complementarnos nos sólo en acciones y pensamientos, sino también, sobre todo, en oración. Recemos uno por otro, ya que, si bien no compartimos la santidad (que es personal en relación con Dios), compartimos la vocación específica o carisma. Sepamos agradecer a Dios por nuestro cónyuge.
Guido Alan Haase Espíndola

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