¿Quién es la persona?

Reflexión A sobre: TDC 2 (12.9.1979)

 

En esta oportunidad san Juan Pablo II reflexiona acerca del carácter ontológico (o existencial) de la persona. ¿Quién es la persona? Esta pregunta deberá responderse volviendo la mirada al principio:

«Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza» (Gn 1, 26).

Somos imagen y semejanza de Dios, no del mundo. He aquí la gran novedad para la humanidad: la persona no puede ser reducida a lo material. Si bien el cuerpo es material y nos permite relacionarnos con el mundo, no somos sólo un cuerpo y tampoco estamos destinados a relacionarnos sólo con lo material. El hombre es capaz de trascender, de ir más allá de lo sensible para orientarse a Dios.

Es más, podemos decir que Gn 1,26 además de fundar nuestra dignidad ontológica, se muestra como una tarea a realizar a lo largo de la vida. Tarea que podemos denominar, con palabras más exactas: «a la santidad».

Es interesante notar que para relacionarse con Dios debemos hacerlo como hombres, es decir como seres compuestos de cuerpo, alma y espíritu. La trascendencia (concepto desarrollado por Karol Wojtyła, sobre todo, en «Persona y Acto») implica el aspecto sensible del cuerpo, sus pasiones e impulsos.

Por último, tengamos presente que todo dualismo que separe el alma del cuerpo, o que considere uno más importante que el otro, hostiga la sana antropología propuesta por la tradición de la Iglesia y tratada especialmente por el Papa. Los santos Padres reparaban siempre, contra todo dualismo, en el gran Misterio de la Encarnación, por medio del cual se puede contemplar la grandeza de Cristo, quien no desprecia la carne, sino que la asume propiamente para redimirla. Además recordemos que en el Credo proclamamos la «resurrección de la carne», justamente porque Jesús deseó resucitar con un cuerpo glorioso, pero un cuerpo al fin. De este párrafo se deduce que quien desprecia el cuerpo, desprecia al mismo Cristo que se encarnó y resucitó con un cuerpo y quien vino a salvarnos íntegramente (cuerpo, alma y espíritu).

En suma, la afirmación «imagen y semejanza de Dios» referida al hombre conlleva, también, el misterio de la Encarnación de Cristo. Pues somos imagen y semejanza también en el cuerpo que refiere directamente al cuerpo que el mismo Jesús iba a tener según el plan divino de salvación del hombre, pensado antes de su misma creación.

Oración.

Oremos en familia para que el Santo Paráclito nos enseñe la grandeza de nuestra existencia (unidad substancial) creada por Dios, la cual lo señala en cada respiro y pensamiento. Nuestra misma existencia está llamada a ser imagen y semejanza Suya, recemos para que podamos corresponder a este amor tan grande según nuestro carisma (vocación) particular.

 

Guido Alan Haase Espíndola

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